11/10/2011

CHICAS DE COMPAÑÍA®



Esta anocheciendo, ladra un perro y hace frío. Al fondo se ven las luces intermitentes de los coches que recorren la calle. No pasa nada. Todo es un calco de cada día. La calle en calma, el perro que ladra y esta vez una luna que empieza a menguar.
Él empuja la puerta de la cabina y descuelga el auricular. Despliega sobre la repisa un recorte de periódico y marca un número.
-Buenas tardes ¿Chicas de compañía?
-Si, buenas tardes, dígame.
-Desearía una chica para esta noche.
-Muy bien ¿Conoce nuestra dirección?
-Pues no, en realidad he visto el anuncio en la prensa y me he decidido a llamar.
-Estamos en la calle del Consuelo número 36 principal. Tenemos doce chicas para que usted pueda elegir. Pase por aquí y se las presentaremos.
-Ah, bueno, me parece bien. Pasaré esta misma tarde y después podremos ir a mi casa.
-Como usted prefiera, pero le informo de que las salidas tienen una tarifa especial.
-¿De qué tarifas me habla? Yo llamo por lo de las chicas de compañía que se anuncian en el periódico de hoy.
-Por supuesto señor, y yo soy la encargada de informarle sobre los servicios y tarifas correspondientes.
Ella llega poco después. Da varias vueltas a la cabina incitándole con gestos a que se apresure mientras él con la mano le pide paciencia.
-Señor, el servicio en nuestro local tiene un precio pero las salidas a hoteles se rigen por tarifas distintas.
-¡Yo no quiero ir a ningún hotel! ¿Qué necesidad tengo yo de un hotel si tengo mi propia casa aquí al lado? Solo quiero ir a mi casa con una chica de compañía, conocerla, cenar juntos, charlar de cualquier cosa durante un rato y si nos apetece, ver juntos una película en la televisión mientras tomamos un café con pastas.
-Claro señor. A lo que usted quiera dedicar el tiempo con nuestras señoritas es cosa suya. Nuestros servicios habituales incluyen masaje erótico, francés sin protección, beso negro y consoladores, todo ello en el agradable ambiente de nuestras suites con camas de agua y canal propio de videos pornográficos. Ahora bien, si usted prefiere ver la televisión en su casa, nosotros no tenemos nada que objetar, pero la tarifa seguirá siendo la que es.
Ahora ella golpea el cristal de la puerta y se decide a abrir ofendida por el escaso interés hacia sus gestos de apremio.
-¿¡Quiere ir acabando por favor?!, está empezando a anochecer y tengo mucha prisa. Esta es la única cabina útil en muchas manzanas a la redonda.
-¡Le importaría cerrar la puerta y dejarme en paz! ¡¿Es que no voy a poder hablar tranquilamente o piensa pasar la noche dando vueltas a mí alrededor sin que pueda terminar mi llamada!?.
-¡¿Oiga?! ¡¿Oiga?! – se oye a lo lejos desde el interior del auricular - ¿Sigue usted ahí?
- Si.... perdone… lo siento, pero me han interrumpido. Le decía que yo solo quiero compañía. Bien …..bueno…también..por qué no.., tampoco rechazaría rematar la noche con un poco de sexo si la señorita y yo nos avenimos.
- Señor, le repito que puede usted emplear el tiempo a su gusto, pero una salida, sea al hotel o a su casa, le va a costar doscientos euros la hora.
-¡Dios mío! ¿Pretende cobrarme doscientos euros por una hora de compañía? ¿Qué tiene de especial la compañía de sus señoritas?
-Perdón señor, ya le he dicho que si lo único que usted desea es matar el tiempo charlando allá usted, lo esencial de nuestra oferta es un completo menú sexual que incluye masaje erótico, francés sin protección...
-¡Ya, ya!...beso negro y consoladores en el agradable ambiente de sus suites con camas de agua y canal propio de videos pornográficos ¡¿Un menú sexual, dice?! Señorita no sé si hablo con Señoritas de Compañía o con un almacén al por mayor de pezones, vulvas, prepucios y escrotos.
La farola que acota la cabina se ilumina a la vez que unos fanales de forja que recorren la acera. La luna brilla con destellos de invierno y la mujer continua con sus paseos de un lado a otro animándole a terminar.
-Perdóneme pero creo que esta conversación empieza a no tener sentido y tengo otras llamadas que atender.
-¡¿A no tener sentido?! Disculpe señorita pero lo que no tiene ningún sentido es crear un negocio en el que se cobra por la compañía ¿De verdad les funciona?
-Más de lo que usted se imagina. Se lo garantizo.
-Pero… ¿y yo?... Es algo mutuo… también yo doy compañía a la persona que está conmigo.
-Por supuesto, pero el caso es que nuestras señoritas no necesitan de su compañía.
Él calla y mira hacia la calle descansando el auricular sobre la repisa. Las farolas en la noche han convertido el cristal en un espejo. Se mira la cara reflejada y percibe contornos duros que podrían ser de cualquiera, nada singular que identifique en las sombras un perfil especial, la nariz un poco más grande o un poco más pequeña, la frente más o menos ancha, nada que no pudiese ser de otro. Contempla las manos, primero el reverso después el anverso y con los dedos de la derecha recorre la izquierda señalando algunos lentigos dispersos.
-¡Oiga, oiga!-se vuelve a oír desde el auricular -¿Sigue usted ahí?
Ella lo ve absorto y callado frente al cristal y abre de nuevo para recriminarle la pasividad y la tardanza, seguramente premeditada por el placer de hacerla esperar.
-Si señorita, disculpe. Sí…sigo aquí. Solo pensaba en sus palabras.
-¿En qué palabras?, llevamos ya un buen rato de conversación y esto no es habitual. No se confunda caballero, esto no es una línea erótica. Perdone pero todo esto no será una broma ¿verdad?
-¡¿Una broma?! No señorita, claro que no es una broma. Se está haciendo tarde y ahí afuera tengo a una desconocida que no deja de aporrear la cabina y de acusarme de insolidario. ¿De verdad cree que aguantaría todo esto si mi llamada no fuese importante? Pero en fin… Si alguna vez tengo doscientos euros para gastar en una hora de compañía le prometo que volveré a llamarla. Gracias por su tiempo.
-Lo siento señor. Espero verle pronto por aquí. Recuerde, calle del Consuelo 36 principal. Doce señoritas a su disposición y una incomparable oferta sexual que incluye masaje erótico, francés sin protección, beso negro y consoladores en nuestras confortables suites con camas de agua y canal erótico propio.
Abre la puerta frente a la mujer que espera desafiante con los brazos cruzados sobre la cintura.
-¿Cómo ha podido hacerme esto? ¡Me ha tenido aquí media hora, sabiendo que mi llamada es trascendental!
La mira sin interés y vuelve la vista al cielo. Se cubre el cuello con la solapa del abrigo, espira una nube de vaho y mira hacia el lugar donde ladra el perro. Arriba la luna, a lo lejos el perro y al fondo la procesión muda de autos que recorren la avenida.
Ella entra en la cabina. Cierra las puertas y marca un número que apuntó en la agenda.
-Buenas noches ¿Caballeros de Compañía?

10/10/2011

BERLÍN (II)


...después llueve.

Se han recogido los músicos y el murmullo de gorriones se pierde entre el chapoteo del agua en las ramas.

La esfera de la Fernsehturm brilla alcanzada por la claridad tenue de un resquicio entre las nubes.

Estira una mano y ahí están, confiados y atrevidos, comiendo migajas de entre los dedos.

BERLÍN (I)

En Berlín. Parque de la Alexanderplatz.

Suenan los músicos bajo las sombras de las copas que ese día solo protegen de nubes que amenazan lluvia.

Sentado en cualquier rincón se recomienda dejarse llevar por la música.

Al fondo, creciendo sobre las frondas que nos cobijan, se levanta el Fernsehturm como un estilete que quisiera reventar las nubes y vaciarlas de agua.

02/10/2011

HACIENDO CAMINO

A las 7,30 de la mañana del pasado 24 de septiembre tomaba un tren con destino a Barcelona donde haría escala para retomar viaje hacia Burgos.
Los sábados a esa hora, la estación es un lugar siniestro por donde los viajeros desfilan lento con rostros abnegados y aspecto taciturno.
Llueve y solo las luces de algunas farolas clarean el paisaje de andenes solitarios y vías muertas rematadas por un almacén inútil de paredes mugrientas.
Entre la carga de la mochila no faltó un cuaderno de anotaciones y un libro de Turguéniev que debía acompañarme en las horas vacías del camino. Apenas escribí nada y de Padres e hijos de Turguéniev con esfuerzo rematé el prólogo a la obra. Nada tuvo que ver el libro con la falta de lectura, fue la ausencia de las supuestas horas en soledad lo que me privó de ir más allá.
Conocí gente y escuché con atención. El Camino es eso, horas de polvo y calor, de frío y de lluvia cargadas de historias. Turguéniev podía esperar.
Quise escribir y no pude y me preguntaba cómo hacerlo sin caer en la prosa fácil, en el ripio meloso y cargante. Cómo conseguir trascender el impulso repentino si las emociones de cada día eran tan perfectas, tan elementales. Amaneceres que irrumpían por encima de los cerros bañando las choperas del camino; silencios interminables apenas malogrados por la respiración pesada del caminante y el crepitar del guijo bajo las botas; atardeceres en calma que inspiraban confidencias en torno a la mesa compartida del albergue.
Cómo escribir salvando todos estos obstáculos, todas las trampas que la sencillez impone y a las que es tan fácil sucumbir.
Así que decidí esperar, tomar distancia, dejar que la nebulosa descienda y sedimente, veremos entonces si queda poso.

Primera alteración de la conciencia ajena a efectos psicotrópicos
Causa de la distorsión: La propia lluvia y la manifestación cortical de un empleado público.

En el perímetro de la reducida sala de espera nos observamos dos máquinas expendedoras, un banco vacío de color rojo, una máquina de validar billetes, una silla tras el mostrador de venta con un chubasquero en el respaldo y yo.
Las máquinas y el banco hace años que se observan. Yo acabo de llegar. El chubasquero colgado del respaldo de la silla no creo que lleve ahí demasiado tiempo, probablemente no más de una hora.
Cuando golpeo con los nudillos en el cristal no pasa nada. Las máquinas y el banco no se inmutan ni se alteran por el golpe inoportuno.
Después agacho la cabeza y acerco la cara a la altura de la ventanilla. Reclamo su presencia con un grito contenido y entonces aparece. También me mira, nos miramos todos. A él las máquinas ya lo conocen y lo ignoran.
Él no sabe quien soy pero me mira y también me ignora. Camina sin prisa desde el fondo hasta la silla donde reposa el chubasquero. Sostiene en las manos un rollo de papel higiénico. Mientras avanza separa unas hojas y se suena los mocos con ellas. Se sienta y me observa. Todos nos miramos, nos reconocemos sin interés, tal vez las menos sorprendidas sean las máquinas expendedoras, me han rechazado un billete de cinco euros. Quizás el menos vital sea el banco, es fácil olvidarse de él si no se está cansado.
Le acerco a él el billete de cinco euros que la máquina me ha rechazado y él me entrega el comprobante y una moneda de cambio. Luego encorva la espalda hacia adelante, coloca las manos sobre el regazo y mira.
La máquina de validar billetes parece atragantarse cuando le introduzco el boleto por la ranura. Las máquinas expendedoras, el banco y él me miran. El chubasquero no ve nada, la espalda de él lo comprime contra el respaldo de la silla.
Afuera llueva y hace fresco, ha comenzado el otoño.
Siento una inquietud que me carcome, una angustia que me anida en el estómago. Envidio la calma y la armonía del banco, de las máquinas expendedoras y la de validar billetes, la de la silla con la chaqueta en el respaldo y la del interventor que, sin apartar la vista de mi, me ignora.


(Breve anotación meteorológica sin trascendencia para el interventor que ha quedado atrás, sumido en su intensa labor observadora.)

Llueve…ahora a mares. Sobre el cristal del vagón los ríos de agua enturbian la visión. Todo es gris, el cielo y el paisaje, moteado por destellos de luces dispersas entre las naves de un polígono industrial y de una metalúrgica trazada por cintas transportadoras y tubos de metal.




18/09/2011

LITERATURAS - LITERATURES

LITERATURAS / LITERATURES es un proyecto desarrollado por la ACEC (Asociación de escritores de Cataluña - Associació d'Escriptors de Catalunya) con la finalidad de poner en contacto a sus autores con las personas interesadas por el mundo del libro y la lectura.

A través de dos mesas redondas sobre temas de actualidad, el objetivo es acercar al lector los puntos de vista de los autores y autoras fomentando también el conocimiento de su obra y sus planteamientos literarios.



Viernes 7 de octubre de 2011
Casa del Llibre – Rambla Catalunya 37 (Barcelona)

17:30h: Cultura urbana y literatura
Andreu Martín
Pedro Zarraluki
Álvaro Colomer
Modera: Mª Cinta Montagut

19:15h: -Literatura enredada (Literatura en la red)
Isabel Núñez
Ramon Dachs
Agustín Calvo Galán
Modera: José Luis Espina

21/07/2011

CONSIDERACIONES PARA AUTORES ATRIBULADOS (...y parte 3)

Llegados a este punto toca preguntarse ¿Y qué pasa con el autor?
La formula tradicional ha tenido al autor como un actor secundario en este engranaje de mecanismos oxidados.

Supeditado históricamente a la arbitrariedad del editor, sus posibilidades de éxito han estado condicionadas a la aceptación de unas exigencias alejadas muy a menudo de lo que se consideraría deseable. El editor ha marcado las pautas a seguir, decretando siempre las reglas del juego y contando con el beneplácito del creador, quien no ha dudado en arrugarse ante el horizonte de ver sus ideas encuadernadas y expuestas al público.

Las posibilidades del autor fueron expresadas no hace demasiado tiempo por un conocido editor barcelonés quien en una entrevista concedida a un medio de comunicación no dudó en declarar inviable la legítima voluntad de vivir de la escritura, obviando la indiscutible realidad de que si de algo vive el editor es de lo que escribe el autor.

La confluencia de diversas circunstancias en un plazo de tiempo relativamente breve está alterando de manera significativa las tradicionales reglas de juego obligando, se quiera o no, a reposicionar las fichas en el tablero, a dejar de lado determinados prejuicios y sobre todo, a olvidarse de ciertas prerrogativas que hasta hace poco nos parecían incuestionables.

El autor, salvo esas minorías que se jactan de no precisar de nada ni de nadie para que su obra avance, ha dejado de encontrar en el editor el aliado exclusivo e imprescindible para comunicar su obra.

La crisis ha afectado su capacidad de reacción. Se acortan las tiradas promedio, se reducen los títulos editados, disminuye la facturación y muchos de esos editores pequeños y medianos anuncian abiertamente su negativa a leer originales no solicitados.

Pero el portazo en la cara coincide con la apertura de un mundo de recursos digitales al que muchos autores son todavía reacios, convencidos de que todo aquello que se aparte del formato convencional no tiene futuro. Entretanto el editor percibe la amenaza sin saber cómo gestionarla, Google y Amazon se le revelan como un peligro inminente y pugna por blindar su supervivencia creando cláusulas contractuales que impliquen también los derechos digitales sin que, por lo pronto, sepan qué hacer con ellos.

Pero la duda persiste … ¿Y el autor qué? ¿Qué alternativas le quedan al autor que no encuentra editor o al autor que capta el interés de una pequeña editorial sin capacidad para gestionar adecuadamente la comercialización de la obra publicada?

Lejos, muy lejos de esos planteamientos anti mercantilistas de la literatura, en las antípodas de los que consideran que dar visibilidad a la obra no es más que un acto banal más cercano al egocentrismo que a necesidades de promoción, hay otra realidad que implica la participación activa del autor en ese proceso de llevar el libro al lector.

¿Quiere eso decir que todo vale, que la ausencia de calidad se verá compensada por los efectos de una comercialización más habilidosa partiendo de redes sociales y del marketing viral? Pues entiendo que ni más ni menos que cuando se recurre a los mecanismos tradicionales de promoción. Será el mercado ante la oferta presentada quien decida lo que lee y lo que no lee y como siempre, habrá una literatura masiva de puro entretenimiento y alta, baja o cuestionable calidad y otra literatura de mayor nivel y complejidad dirigida a públicos más exigentes.

El elemento diferencial estará en la implicación del autor y en el acercamiento decidido a nuevos recursos editoriales y de promoción.

No es motivo de estas líneas hacer un análisis exhaustivo del tema pero intentaré dejar constancia de algunas fórmulas puestas en marcha por diferentes creadores y que vienen a demostrar que sigue habiendo luz al final del túnel.

Las páginas Web y Weblog son ya recursos perfectamente implantados y aprovechados por los autores como fórmula de promoción de sus trabajos, a la vez que canal de comunicación por donde expresar puntos de vista y opiniones sobre temas diversos.

Ignacio del Valle hace de su Web un perfecto escaparate desde el que ofrece numerosos detalles de su novela “Los demonios de Berlín”, mientras que en su blog El marfil de la torre aprovecha para dejarnos otras reflexiones cotidianas.

Álvaro Colomer despliega en su Web diferentes enlaces a sus obras y trabajos periodísticos vinculando a su blog El arquero las diferentes reseñas y artículos publicados en el diario La Vanguardia.

No menos activa es la escritora Isabel Núñez que ha convertido Crucigrama en un auténtico cuaderno de bitácora, recurso literario en sí mismo en el que de manera puntual y prolija desgrana sus impresiones casi a diario.

Cierto que estos autores han encontrado editor y la Web es un recurso promocional o de publicación alternativa, pero si el escritor huérfano de valedor y de dinero persiste en el intento de ver su obra convertida en libro de papel, puede acudir al Crowfunding como fórmula de financiación recurriendo a pequeñas aportaciones altruistas.

Lánzanos fue la plataforma elegida por el poeta Julio Igualador para recaudar los 1.200 euros invertidos en el proyecto In-absent(i)a. Por su parte, la autora e ilustradora Clara Nubiola consiguió los 1.750 euros necesarios para publicar “La guía de las rutas inciertas” en Verkami, plataforma Barcelonesa que como Lánzanos está principalmente vinculada al sector cultural.

Ideas no faltan y recursos tampoco, hay quien llevado por una imparable vocación promocional tira de recursos más propios de otras artes creando el Booktrailer como fórmula de presentación en sociedad a través de plataformas como Youtube.

Pero quizás uno de los ejemplos más impresionantes en lo que a autoedición digital se refiere sea el del americano John Locke, autor de bestsellers, como Vegas Moon o Saving Rachel. Mediante la herramienta Kindle Direct Publishing (KDP), que permite publicar directamente en formato Kindle y vender a través de Amazon, ha igualado en ventas al sueco Stieg Larsson superando el millón de ejemplares vendidos en este portal.

Pero para quien todo lo digital siga sonándole extraño, tenemos el caso más próximo de Eloy Moreno, autor en formato papel de El bolígrafo de gel verde, fenómeno editorial que sin salir de Castellón, su ciudad, ha conseguido vender 3.000 ejemplares.

Podríamos seguir bastante más, ejemplos no faltan, pero no se trata de atribular más si cabe a nuestro consternado y desvalido autor.
Queda claro que los recursos están ahí para quien quiera trabajarlos, ahora toca ordenarlos, priorizarlos y trazar un plan de trabajo que nos lleve al objetivo propuesto.

Como apuntaba más arriba, la fórmula actual es insostenible para el autor y el editor. No tiene sentido que una industria con claros síntomas de colapso se permita poner puertas a la creación limitando el acceso de los autores al mercado del libro, como tampoco tiene sentido que el sector editorial se enroque en posturas obsoletas dando la espalda a lo que está a la vuelta de la esquina y cerrando los ojos ante lo inevitable. Guste o no, Google y Amazon están ahí y han llegado para quedarse.

19/07/2011

CONSIDERACIONES PARA AUTORES ATRIBULADOS (...parte 2)

Según la información facilitada por la Federación de Gremios de Editores de España, el sector editorial lo integran un total de 839 empresas agregadas, productoras de casi 80.000 títulos en el año 2010, con una media de 3.790 ejemplares por título y a un precio promedio de 12,67 euros al público antes de impuestos.

En total, se publicaron unos 303 millones de ejemplares de los cuales fueron vendidos 228 millones (75%).

La cifra de facturación del sector en el mercado interior alcanzó los 2.891 millones de euros y de esos, 995 millones correspondieron al género literario y a los englobados en las categorías de infantil y juvenil.

Por si este aluvión de cifras no fuera suficiente, aprovecho para destacar la discrepancia entre los datos de la Federación de Gremios de Editores con los del INE (Instituto Nacional de Estadística) motivada seguramente por la metodología aplicada en el estudio. En cualquier caso, sabido es que la estadística es esa vertiente de las matemáticas dispuesta a afirmar que si mi vecino tiene dos coches y yo no tengo ninguno, tenemos un coche cada uno.

Más allá de cifras y datos, lo que parece contundente es que el año 2010 fue en términos de beneficios peor que el 2009 y que si algo caracterizó al sector fue la excepcional devolución de ejemplares, condicionando más si cabe la salud de este enfermo crónico.

Hace ahora unas semanas y ante la incapacidad de conseguir que algún editor se interesase por mi nuevo libro de relatos tuve la osadía de remitirles por correo electrónico el nuevo trabajo, dejando claro que era consciente de lo inapropiado del método, justificando la decisión con argumentos económicos.

De una veintena de envíos tuve el honor de obtener respuesta de tres de ellos, uno para decirme que solo publicaban autores extranjeros y dos para comentarme que rechazaban de entrada nuevos trabajos. Como añadido, uno de ellos tuvo la amabilidad de puntualizarme que para el presente año sus perspectivas de publicación se limitaban a seis títulos, de ahí su negativa a más lecturas de originales.

Lejos de parecerme una situación excepcional, más me pareció un escenario común a muchas de esas editoriales denominadas pequeñas e independientes que intentan hacerse un hueco en el sector.

Volviendo a esas estadísticas a las que antes hacía referencia, si algo caracteriza al mercado editorial es la gran atomización en cuanto a número de editoriales, combinada con una gran concentración de la facturación: un 4% de las empresas facturan el 63% del total. Es decir, de manera orientativa y sin pretender que estos cálculos tengan una validez incontestable, 34 editoriales facturarían 1.821 millones de euros, mientras que las otras 805 se tendrían que conformar con los 1.070 millones restantes lo que da una cifra de 1,3 millones de euros por editorial. Partiendo de los datos expuestos más arriba sobre precios medios y tiradas, el número de títulos editados por cada una de esas 805 editoriales sería de 27.

A primera vista y salvo errores de cálculo (míos y/o de las empresas de estudios de mercado) el panorama no parece muy halagüeño para el editor, teniendo en cuenta el reparto habitual de esa facturación, a saber:

- 30% para el librero.
- 35% para el distribuidor
- 25% para el editor
- 10% para el autor

Concluyendo. De esos supuestos 1.070 millones de facturación que se reparten las 805 editoriales menos afortunadas, solo el 25% les corresponde. Unos 330 mil euros para cada una de ellas, facturación de la que tendrán que descontarse costes de producción, gastos comerciales, devoluciones, gastos generales y salarios. ¿Se imaginan el panorama para ese humilde editor (en absoluto excepcional) que confiesa una previsión de seis títulos al año? ¿Se imaginan lo que puede suponer encontrarse con el 40% de la producción retornada a los almacenes varios meses después de distribuida?

Insistiendo en lo relativo de estos datos, sí parece evidente que el mercado editorial, con sus planteamientos comerciales tradicionales, está muy lejos de representar una oportunidad real de negocio. Mucho se ha hablado estos días de las nuevas editoriales emergentes, del espíritu emprendedor de muchos jóvenes editores que aspiran a encontrar su hueco en el sector con aportaciones innovadoras y sugerentes, pero si la fórmula ha de ser la ya conocida, si la apuesta pasa por colocar siete u ocho títulos en el mercado, si el mundo digital sigue siendo ese gran desconocido (1,5% de la facturación en 2010) podemos calificar la iniciativa de loable y voluntariosa, pero difícilmente representará gran cosa desde el punto de vista empresarial.

18/07/2011

CONSIDERACIONES PARA AUTORES ATRIBULADOS (...parte 1)

La publicación el pasado día 10 de julio en el diario El País de un artículo de Juan Goytisolo cuestionando la calidad de los suplementos culturales y en concreto de las entrevistas realizadas a los autores, me ha llevado por eso de las inevitables asociaciones, al enfrentamiento de John Updike con el ensayista Kevil Kelly en octubre del 2008 a raíz de su propuesta de digitalización de todas las bibliotecas del mundo, abogando por una interactividad entre autor y lector reduciendo todos los libros a una gran publicación enlazada a través de un extensa red mundial de vínculos.
Respecto a Goytisolo, de quien en absoluto pondré en cuestión sus cualidades literarias, apunta en su artículo que la tendencia a la promoción de los libros no es más que una pérdida de tiempo y una “tendencia trivializadora impuesta por la moda”.

Por su parte John Updike, aprovechando la controvertida propuesta de Kevil Kelly, proclamó una defensa a ultranza del librero como vínculo entre el autor y el lector a la par que hacía gala de su casi inexistente concesión de entrevistas ni aparición en medios públicos durante sus primeros veinte años de autoría, a pesar de lo cual “la obra escrita se vendía por sí misma y se vendía sola”. Este tipo de posicionamientos, lícitos y comprensibles, no son ajenos a muchos autores consagrados de este y otros países, enormes autores que a pesar de su maestría literaria no son capaces de darse cuenta de cuánto y a qué velocidad cambia el mundo en el que ellos se desenvolvieron, especialmente a partir de esa compleja combinación provocada por las nuevas tecnologías y la crisis económica.

Cuenta Piglia en “El último lector” sobre la consternación de Kafka ante el uso de la máquina de escribir y cómo en la primera carta a Felice le manifiesta que “el inconveniente de escribir a máquina es que uno pierde el hilo”. La máquina de escribir, nos cuenta Piglia, separa históricamente la escritura artesanal y la edición. Cambia el modo de leer el original, lo ordena. De hecho fue inventada para copiar manuscritos y facilitar el dictado, pero rápidamente se convirtió en un instrumento de producción.

Si la aparición de la máquina de escribir tuvo semejante efecto en Kafka, no es de extrañar la desorientación y suspicacia que para muchos autores puede producir la imparable evolución de las nuevas tecnologías.

La primera paradoja está en que todos ellos (como todos los demás) escriben con la voluntad de ser leídos y algunos hasta para ganarse la vida. Por este motivo ceden sus derechos a una editorial, encargada de acercar el libro a los lectores a través de un mecanismo en el que además del autor, del editor y no pocas veces de un agente literario, están implicados el distribuidor y el librero, procedimiento tradicional que todos estos autores han conocido.

Es una obviedad no pocas veces olvidada que el texto generado por un autor, una vez adaptado al formato libro (cualquiera que sea el soporte) y puesto en la cadena descrita adquiere, mal que a muchos parece pesarles, la condición de producto de consumo.  Producto cultural eso sí, pero de consumo, poco diferente en su carácter comercial a una lata de atún o a unas zapatillas deportivas. Y me explico (*):

          • Va dirigido a un público determinado: El 57% de los mayores de 14 años se declaran lectores en su tiempo libre. El perfil medio es el de una mujer, con estudios universitarios, joven y urbana.
          • Satisface una necesidad: Entretenimiento para el 85,2% de los lectores mayores de 14 años
          • Se comercializa a través de unos canales de distribución: Facturación del 52% en las librerías y cadenas y del 10% en hipermercados.
         • Se adquieren mediante el pago de una cuantía económica: Precio medio sin IVA de 12,67 euros en el año 2010.
         • Su comercialización conlleva el logro de un beneficio económico: Facturación en 2010 de unos 995 millones de euros en libros de literatura, infantiles y juveniles.

Estos mismos preceptos son tenidos en cuenta por cualquier empresa que pretenda hacer llegar sus productos a un público determinado, con la finalidad no solo de cubrir una necesidad sino también de aportar un beneficio a esos agentes implicados en el mercado en el cual el libro se desenvuelve. Tal vez el problema de base empiece por ahí, por no entender el concepto de mercado “Conjunto de operaciones comerciales que afectan a un determinado sector de bienes / Estado y evolución de la oferta y la demanda en un sector económico dado”, según acepción de la RAE.

Algo tan fácil de asumir en cualquier otro sector parece que se resiste a la comprensión de muchos autores literarios y lo que es más grave, a muchos editores. En todo ese proceso mencionado, desde la creación por parte del autor a la compra por parte del lector, la adecuada distribución, la promoción y la publicidad juegan un factor relevante sin el cual la venta sale perjudicada y la rentabilización de la inversión es poco menos que imposible.

Banalización de la literatura dirán algunos. En absoluto, digamos mejor dignificación de la cultura y de la industria vinculada a ella, en un país donde hemos interiorizado que como no sirve para nada debe salirnos gratis. La incomprensión de esta realidad unida a la escasa preparación comercial de no pocos editores hace que a veces resulte milagroso entender que este sector pueda salir adelante.

Pero ya entrados en materia y con las primeras reflexiones sobre el mantel, me permitiré avanzar sobre el asunto desmenuzando algunos detalles de poco o ningún interés para los autores consagrados, esos cuyos libros desaparecen de las librerías sin ningún esfuerzo y cuyas obras tienen garantizada su divulgación antes incluso de haber sido escritas. Sin embargo, para los autores que aun no han conseguido su primera aventura editorial o para aquellos que después de plantada la primera pica ven que la experiencia ha sido un fraude y que retomarla en mejores condiciones es poco menos que imposible, tal vez se sientan identificados al leer estas líneas. (...sigue)

25/06/2011

BAILAR PEGADOS

Bajó del coche y esperó a que un aire nuevo se le llevase los pensamientos tristes. Pero no había aire y todo parecía tan rígido y bien anclado que no merecía la pena hacer esfuerzos para cambiarlo.
Atravesó la puerta y bajó las escaleras. Miró y se vio a sí mismo repartido en unas cuantas mesas, con las caras de otros, en los cuerpos de otros, con la desesperanza pegada a la suela de los zapatos, como un papel gomoso que no hay manera de eliminar
La música rompió caderas, un negro y una blanca bailaron haciendo con las suyas un relato imprevisible. La noche destilaba alcohol y ellos se ovillaban con un ir y venir sin pausa que ablandaba las emociones y enternecía el aire.
-Si hubiese sabido que la vida tenía islotes de membrillo también yo me hubiese animado a probarla. Pero siempre lo he comido crudo y me deja mucha aspereza en la lengua.
Lo dijo ella, Margarita, que se sentó a la mesa con él. Tenía una larga cola de caballo sujeta con una goma de color naranja y llevaba una camisa de cuadros grandes, gris oscuro. Bebía de las copas medio vacías que otros habían dejado y gesticulaba las canciones, como en un play back.
Apuró otro vaso extraño a medias de acabar y la orquesta empezó a tocar “Bailar pegados”. Ella pareció alcanzar el cielo. Estaba completamente loca. ¿Dónde está la línea que separa esto de aquello? ¿Dónde está el límite, Margarita? Muchos darían lo que tienen por saber donde está la frontera de la razón que separa un lado del otro. Él también. Vivir en ese margen estrecho es un triunfo, un equilibrio perfecto.
Margarita se bebía los restos de los vasos y hacía tiempo que había traspasado la línea mágica en la que se vive difícil. Después de un tiempo suspendida por los dedos de una mano en el borde de ese abismo, no aguanto más y se vino abajo. Lleva cayendo dos años y aun no ha tocado fondo.
- Hubo momentos en que fui feliz, momentos en que la vida era un regalo de navidad coronado por un lazo desfasado, en un escenario de espumillón y luces de colores. Pero la felicidad no esta en venta, ya no queda.
Se agotaron las existencias cuando volcó el camión de reparto – y ríe a carcajadas la ocurrencia - De eso hace ya tiempo y casi nadie se acuerda. Con el camión se fue la última partida que quedaba. Ahora hay quien quiere inventarla por métodos artificiales.
¿A quién coño se le olvidó peraltar la curva por la que había de circular el camión de la felicidad? – ríe insistiendo en la ocurrencia.
Margarita se enjugó una lágrima, se levantó y se fue a bailar sola a la pista.

18/06/2011

"SIETE MANERAS DE MATAR A UN GATO" de Matías Néspolo

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La primera vez que cayó en mis manos un escrito de Matías Néspolo fue en el mes de julio del año 2005. Se trataba de un suplemento cultural que el periódico el Mundo publicaba los viernes en la edición de Cataluña. No sé si por entonces existía ya la separata Tendències que actualmente se publica los jueves y de la que Matías fue coordinador, o si surgió posteriormente como sustitución de ese “Suplement de cultura” al que me he referido.

Aquella aportación de Matías Néspolo llevaba por título “La otra literatura catalana” y encabezaba la noticia con el texto “La india Sunny Sing, el sudanés Jamal Mahjoub, el francés Mathias Enard y el senegalés Sidi Seck hablan de su experiencia creativa en su lengua materna”.

Apenas un mes más tarde tuve acceso a un ensayo aparecido en la revista Letras Libres firmado por Ruth Franklin y que bajo el título “Muerte y resurrección de la ironía: nueva narrativa estadounidense” hablaba de la nuevas voces de la narrativa norteamericana, de orígenes diversos, pero con el nexo común de los atentados del 11 de septiembre.

Salvando todas las distancias, teniendo en cuenta que Barcelona no es NY, que nuestro mestizaje no es el de la ciudad de los rascacielos y que los muertos de nuestro 11M no causaron ningún impacto literario, aquel ensayo de Ruth Franklin tenía para mi cierto paralelismo con el artículo de Matías Néspolo, hasta el punto de animarme a contactar con cada uno de los autores citados e invitarlos a diferentes eventos literarios. Tuve el placer de conocerlos a casi todos, me falló Sunny Shing que por razones familiares tuvo que regresar a Londres ciudad donde reside. Todos estuvieron en El Vendrell en diferentes ocasiones, y aunque no fue ese el motivo de la presentación del libro de Matías, parece que su presencia haya servido también de broche a esa especie de obsesión personal con los personajes de su artículo.

Volviendo al tema del paralelismo con el ensayo de Ruth Franklin, lo que es innegable es el peso que los autores latinoamericanos han tenido y siguen teniendo en la literatura de este país. Por concretarlo en Barcelona, y por extensión en Cataluña, hoy se puede decir que la literatura escrita en castellano no se entendería sin la inclusión de autores como Juan Gabriel Vásquez, Santiago Roncagliolo, Rodrigo Fresán, Lázaro Covadlo o el mismo Matías Néspolo por poner solo algunos ejemplos.

Si en aquellos tan manidos años del boom latinoamericano Barcelona fue el regazo de autores como Vargas Llosa, Benedettí o García Márquez hoy son estos otros sus herederos.

En cualquier caso nada es lo mismo, y mientras que aquel boom se caracterizaba por una reivindicación unitaria de lo latinoamericano, de sus temas y preocupaciones hoy su literatura no es explicativa de un continente, sino que desde la singularidad de sus territorios se exploran conflictos de carácter universal.

“Siete maneras de matar a un gato” también responde al nuevo modelo. Matías Néspolo edifica una historia trepidante, un relato de personajes sin nombre, identificados por el escueto alias con que se bautiza a quienes quedan reducidos a meros accidentes, fallos inesperados en los engranajes imperfectos del mundo desarrollado.

Su historia llega cargada de argentinismos, de giros locales y jerga marginal, un relato sobre esas cosas que escondemos bajo las alfombras de los grandes salones, la borra mugrienta que crece oculta entre las patas de un mueble caro. Una historia de argentinos en Argentina, un relato de odios a muerte y lealtades inquebrantables. Y aunque las latitudes sean otras, la marginalidad retratada, la miseria de las periferias no es diferente a la que hoy encontramos en los extrarradios de cualquier urbe de este país.

La lectura de “Siete maneras de matar a un gato” nos trae a la memoria otras historias periféricas, unas literarias como por ejemplo “El triunfo” del ya fallecido Francisco Casavella, otras cinematográficas como ese relato brutal que el colombiano Víctor Gaviria nos presenta en su película “La vendedora de rosas”, o esas otras recreaciones de la España suburbial con que Carlos Saura o José Antonio de la Loma nos acercaron a aquellos delincuentes épicos de los primeros años de la transición.

“Siete maneras de matar a un gato” cumple los principales retos de una buena novela. Obliga a la reflexión en un viaje por escenarios desconocidos mientras construye una narración impecable, de diálogos creíbles y en la que palpitan las biografías de unos personajes empeñados en la propia destrucción. A partir de ahí, como cada novela tiene tantas lecturas como lectores, que cada cual añada su propia dosis de condimento.

16/06/2011

FRANCISCO CASAVELLA EN VISOR'07

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En el año 2007 me pareció que un buen argumento para la jornada de literatura VISOR’07 podía ser la novela emergente. Me puse a ello y tuve la fortuna de contar con la colaboración de numerosos autores. Álvaro Colomer, Albert Sánchez Piñol, Care Santos, Vanessa Montfort, Ignacio del Valle, Carlos Villarrubia y Francisco Casavella participaron en el encuentro.
Cuando llamé a Casavella y le propuse hablar sobre su obra durante cuarenta y cinco minutos noté que le estaba complicando la vida. Sin eludir la invitación, me sugirió algo más dinámico, una entrevista o un dialogo con otro invitado. Le pregunté a Carlos Villarrubia si le apetecía compartir ese momento con él y Carlos aceptó de inmediato. El tema de su intervención llevaba por título “Barcelona, territorio interminable”.
La jornada fue el 21 de abril, entrada hacía un mes la primavera y a dos días de Sant Jordi. Parecía obvio que lo de las festividades no iba con Casavella y por aquellas fechas andaba recluido en un chalet que la familia tenía en Roda de Bará, a pocos kilómetros de El Vendrell.
Fui a recogerlo en el coche a primera hora de la mañana. La casa estaba en un lugar apartado de la carretera general y abrigada por pinares y cipreses que con el calor primaveral dejaban en el aire un agradable olor a resina.
Esperé recostado contra el murete blanco que rodeaba la casa, la tranquilidad era absoluta, un buen lugar para escribir, pensé. En ese momento se oían gorriones entre las ramas pero imaginaba que con la llegada del anochecer los trinos irían dejando lugar al rumor interminable de las chicharras.
No me dio tiempo a elucubrar mucho más. A los pocos minutos apareció él, dando largas zancadas y un poco azorado por haberme hecho esperar. Se disculpó, le quité importancia y me estrechó la mano, una mano grande, la adecuada para un tipo grande con aspecto no sé si de tímido incorregible o de persona que rehúye el contacto para refugiarse en unos pocos cercanos, o simplemente en sí mismo cuando hasta la cercanía de los íntimos se hace desafiante.
El mano a mano con Carlos Villarrubia me confirmaría que el papel en blanco le resultaba más inspirador que la mirada atenta de la audiencia, pero tuvimos la oportunidad de escuchar de su boca interesantes aportaciones sobre la propia obra.
En enero del año siguiente Francisco Casavella lograba el premio Nadal, por su obra “Lo que sé de los vampiros” y pocos meses después, el 17 de diciembre, Casavella fallecía de un ataque al corazón.
La vida es así, un enredo con un extraño sentido de la responsabilidad que tan pronto te da una de cal, te regala una de arena o se retracta más tarde de la generosidad obsequiada zanjándote el destino con un exabrupto.
El día de su muerte lo recuerdo bien, ese día viajaba yo en tren a Madrid. El día 19, acompañado por Ignacio del Valle, quien también había estado con Casavella en la jornada VISOR’07, presentaba mi libro “No gana uno para sustos” en la Delegación del Principado de Asturias. La mañana del 18 no había periódico que no hablase de su muerte, ensalzando la calidad de una obra literaria que justo empezaba a andar. En lo literario, su muerte representaba un duro golpe para la narrativa española y no faltaron autores que destacasen sus cualidades, como tampoco faltó quien añadiese morbo innecesario a la vida de un autor reservado y discreto que lo único que había pretendido era escribir buena literatura.
Aquella jornada del año 2007 tuve el acierto de grabar íntegra su participación en compañía de Carlos Villarrubia. Como si algo me dijese que aquella sería una de sus últimas intervenciones públicas, puse la máquina a trabajar y me desentendí de ella hasta el final. Hurgando en Internet no he encontrado muchas aportaciones audiovisuales de Francisco Casavella y las pocas a las que he podido acceder corresponden a los días posteriores al fallo del Nadal, con “Lo que sé de los vampiros” como tema central.
Publicar su intervención en VISOR’07 a los pocos días de su fallecimiento me pareció poco respetuoso e incluso oportunista. Ahora, transcurridos dos años y medio, considero que este documento puede tener interés para los amantes de su obra.

13/06/2011

EL PARQUE TEMÁTICO (I)

Este sábado nos hemos ido de parque temático.

Un parque temático viene a ser un espacio catecumenal, una zona de reflexión, un lugar para la celebración de grandes citas familiares aunque también un recurso rayano en lo terapéutico al que las familias recurren como vehículo de cohesión, premio especial a logros remarcables o punto de catarsis para la reparación de esos pequeños desmanes cotidianos que ocasiona el contacto permanente.

El parque temático es como aquella mili ya olvidada, un lugar neutro donde todos caben, desde las familias camuflaje, las más “cool”, espíritus exploradores ataviados a lo Coronel Tapioca, a las más chuscas, las Juaniyosua de tacón de aguja ellas, y camiseta imperio y tatuaje hasta la punta de la rabadilla ellos. Un espacio democrático donde los haya, chuscos y fashions todos a una, todos abocados a lo que se tercie, experiencias de vértigo para el cuerpo y el bolsillo. Porque una vez metidos en gastos ya no viene del sablazo por el Calipo del niño que acabará pringando los dedos del padre mientras los chorretones le cruzan el brazo hasta el mismísimo codo. Tampoco tendrá importancia la puñalada trapera por una cerveza en vaso especial ergonómico estilo Mares del Sur que acarrearemos todo el puñetero día en la mochila y para el que nunca encontraremos un lugar en el armario de la cocina ¿ Y qué decir de ese Pájaro Loco hipertrofiado de dos metros por setenta y cinco centímetros, que lejos de convertirse en una molestia nos colmará de satisfacción al presentarnos ante nuestros vástagos como el perfecto tirador que ha necesitado pulirse 50 euros en balines de copa para cargarse los seis palillos que daban derecho a tan mastodóntico trofeo? Todo un lujo que pasearemos por los cuatro continentes encaramado a la espalda bajo un sol de justicia que nos dejará la frente como la parrilla de un kebab.

En cualquier caso ir de parque temático no suele ser una decisión repentina, sino que exige cierta planificación. Tal como anda la economía, el primer paso consiste en recabar información sobre promociones y otras fórmulas de descuentos que alivien el coste de la entrada.

Una vez identificadas las ofertas es importante que la familia se disponga a colaborar y para ello conminaremos a nuestros allegados a ponerse hasta arriba de refrescos de una marca determinada, rozar la hiperglucemia por consumo de una determinada marca de caramelos o beber agua hasta el delirio de un manantial concreto, guardando siempre la preceptiva etiqueta que nos dará opción a uno de esos descuentos que parecen planificados por un becario de ciencias exactas contratado para hacernos la promoción más entendible.

Alcanzado el número exacto de etiquetas y decidió el día de tan entrañable evento nos ponemos en marcha, camino a la aventura…

31/05/2011

ANOTACIONES EN MADRID (27 de mayo): Parte II: Con los “indignados” en la Puerta del Sol


Nueve horas de la mañana. Después de instalarme en el hotel, me dispongo a descender la calle de la Montera en dirección a la Puerta del Sol. Quiero conocer de primera mano lo que está sucediendo en el campamento de los indignados del 15-M. En la confluencia con la Gran Vía el paisaje lo conforman los primeros transeúntes que emergen de las bocas del metro, camareros arrastrando mesas y sillas sobre las aceras y el muestrario de prostitutas pacientes que parecen no descansar nunca. Un joven megáfono en mano, escoba al hombro, gafas de espejo, camisa abierta y un mensaje ilegible escrito con letras azul y grana sobre la piel, pregona a voz en grito consignas barcelonistas: “Visca el Barça, Visca Catalunya, somos españoles, ganamos la liga”, después se pierde por una calle aledaña.

Poco antes de alcanzar la Puerta del Sol, la cola habitual de inmigrantes ante la comisaría de policía presenta la estampa rutinaria de cualquier día por la mañana, vendedores de oro con chalecos reflectantes abordan a los caminantes anunciando servicios de compra-venta y el colorido palpitante de un sex shop es un reclamo sin mayores consecuencias a estas horas del día.

La voz del culé pregonero me llega de nuevo desde algún punto indefinido, tal vez desde la Plaza del Carmen. “Visca el Barça, Visca Catalunya, somos españoles, ganamos la liga”, y otra vez vuelve a perderse en la distancia.

Un hervidero de gente bulle bajo las carpas de la plaza. El campamento está organizado en parcelas, con calles que se entrecruzan. Todo está gestionado por voluntarios asignados a los diferentes servicios. El bombardeo de consignas es infinito, mensajes por megafonía, carteles, murales, folletos. Algunos jóvenes baldean los pasillos lanzando agua contra el suelo mientras otros la arrastran con cepillos fuera de las carpas. Ni malos olores, ni tufo a marihuana, ni borrachos, ni antisistema incendiarios. Por supuesto, hay quien aprovecha la causa, gente sin techo que encuentra aquí un cobijo, excluidos de todo tipo, adictos impenitentes condenados de por vida, enajenados…todos los perdedores. Pero no son lo representativo de este movimiento. Todavía queda quien se esfuerza en hacernos creer que esto es idea de desarrapados y muertos de hambre.

Los organizadores intentan que todo esté bajo control, que nada relevante se les vaya de las manos. Son conscientes de que al primer conato de alboroto se justificarán los argumentos de los detractores y darán razones para una intervención policial.

A la entrada del espacio destinado a la biblioteca se muestran los periódicos del día. Un cartel informativo concreta que son para consulta en el recinto de lectura. Una voluntaria se congratula por la concreción con que uno de los diarios resume los puntos principales reivindicados por el movimiento, mientras otra llama la atención a un tipo que duerme repantigado en uno de los sillones, “Esto no es para dormir, es un espacio de lectura” – le aclara –. Él, apartándose de la cabeza el jersey con que se cubre, le objeta que no duerme, solo se tapa de la luz que le viene directa a los ojos.

Entablo conversación con un gallego de sesenta años que acostumbra a darse una vuelta por la acampada, está de acuerdo con las reivindicaciones principales, pero opina que habrá que ir planteando cómo continuar todo esto fuera de la plaza. “Aquí no se puede estar siempre”. Otro indignado se une a la conversación, es más joven, pero no es un niño. Andará por los cuarenta y su indumentaria es la habitual de un antisistema. Opina que esos puntos solo son el arranque desde el que ir mucho más allá. Esgrime argumentos utópicos, un discurso que me recuerda las proclamas que resonaban en los paraninfos de las universidades allá por el año 1976, recién muerto el dictador. Tengo la sensación de que ambos puntos de vista resumen el sentir de lo que ahí está pasando. Tal vez sea la falta de concreción el principal enemigo del movimiento.

Otro joven de piel morena, enjuto de cara y completamente vestido de negro aporta su punto de vista. Desvaría, no está bien de la cabeza. Es uno de ellos, uno de esos marginados que encuentran su hueco en este recinto. Poco más tarde lo encuentro sentado en el suelo, lo acompaña una voluntaria de enfermería que intenta sonsacarle unas palabras bajo la mirada atenta de un hombre de más edad, probablemente un médico.

Es la hora del desayuno y en la carpa cafetería se reparte café, galletas y cereales. En los carteles se pide prudencia, son muchos y debe haber para todos. Hay un puesto central desde el que se transmiten cuantas novedades van llegando al campamento. “Compañeros, desde Barcelona informan que se les pide desalojar Plaza Cataluña para poderla limpiar, pero que después se les permitirá volver. Es solo temporal, compañeros”. “Para que coño hacen falta equipos de limpieza, aquí lo hacemos nosotros y está impecable”– se queja un chico a mi lado mientras empuja con un cepillo el agua sucia encharcada.

El servicio de guardería está vació, es muy temprano y los que no pernoctan en la acampada van llegando poco a poco. Es un espacio enorme, un híbrido entre guardería y ludoteca. Algunas voluntarias están reunidas, intercambiando pareceres y planificando el día. A la entrada de la carpa hay carteles previniendo contra la toma de imágenes. “Son niños”, advierten.

Por su ubicación, el campamento es también un enclave de interés general. Hay quien se acerca a conocer lo que pasa, curiosos que transitan entre las calles techadas con plásticos y lonas queriendo experimentar la sensación de ser parte durante unos minutos del primer movimiento ciudadano de trascendencia después de treinta y cinco años. Desde entonces, y al margen de puntuales concentraciones contra la barbarie terrorista y manifestaciones antibelicistas, las movilizaciones masivas no han tenido otro objetivo que penosos macro botellones y celebraciones futboleras.

Hay turistas que miran con asombro la actividad del campamento. Frente a la cúpula que envuelve la boca del metro, una guía de turismo intenta explicar a un corro de extranjeros el origen de la iniciativa. A su lado, un grupo de indigentes botellas en mano, descansa en un sofá que han plantado en la plaza. Celebran lo que está pasando, se suman a la iniciativa, lo hacen a su manera y ellos serán el punto de mira que dará argumentos a los que intentan justificar que esto es obra de vagos y maleantes.

Desde el servicio de megafonía llega un mensaje. “Os comunicamos compañeros que hemos pasado la inspección de sanidad”. Aplausos y gritos de júbilo. Después la megafonía vuelve a informar “Compañeros, la policía ha cargado en Barcelona y hay múltiples heridos entre los acampados de Plaza de Cataluña”.


(Parte III: Madrid bajo el diluvio y respuesta al desalojo de Barcelona)

30/05/2011

ANOTACIONES EN MADRID (27 de mayo) : Parte I – La ida.

A las 6:45 de la mañana el día empieza a iluminarse por entre un rasguño de nubes que se parten sobre los campos verdes. El paisaje recuerda el tacto de una alfombra esmeralda sembrada de encinas que ondula trazando lomas contra el cielo. Son vegas de cereal que a veces alternan con porciones rectangulares de tierra ocre recién labrada. Más adelante los hayedos se prolongan y acercan alcanzando las vías del tren. A veces cruzamos pequeñas quebradas de rocas barrigonas, arcilla roja tronchada formando accidentados perfiles. Al fondo destaca el pináculo de una iglesia que luego atravesamos, elevándose sobre las casas de una pequeña población que desconozco. La luz va poco a poco perdiendo el tono naranja y se expande en una claridad uniforme mitigada por amasijos de nubes.
Son las primeras sensaciones producidas por el paisaje de un viernes que empieza a despuntar.
Dentro, en el vagón, a pesar de haberme encajado los cascos cuanto he podido, la voz de un tipo zafio se impone como un rumor incómodo a la melodía de Pergolesi de la que intento disfrutar. Una bola grande de sebo en pantalones cortos, gorra con visera, una pierna escayolada y cara de pan, todo en consonancia con esa voz taladrante que altera cualquier asomo de bondad proveniente del paisaje.
El empleado del vagón restaurante abre la portezuela del bar y, como si no tuviese que ver con él, se limita a anunciar que no hay de nada. Una avería, dice, una avería técnica que ha dejado sin luz los vagones. Una niña de unos ocho años cruza desde el fondo y le pide con timidez algo que el tipo de la cantina no entiende.
-Breackfast - le insiste ahora con el mismo apocamiento al interventor.
-¿Breackfast? - repite este con cara de sorpresa como si lo normal a las siete de la mañana en la cantina de un tren fuese pedirle una caja de tornillos.
-Avería. No hay breckfast.
Y ella se vuelve con aire de decepción y cara de haber cometido un error.
Otra vez he vuelto a viajar en litera, comparto espacio con cinco desconocidos y aunque en la página Web de RENFE me ofrecieron elegir altura, la virtualidad o la ineficacia me asignan una del medio en lugar de la inferior seleccionada. En mi personal ranking de inefables compañías, proclamo como incontestable vencedor al que este año ocupa una de las literas del tercer nivel. Sus ronquidos han sido constantes, la sucesión ininterrumpida, la intensidad impecable, apenas alterada por algún contrapunto de tono y extensión desigual que, como los buenos oradores, estoy convencido que pone en práctica para evitar la dispersión de la audiencia y obligarnos a estar pendientes de sus gruñidos.
En un primer momento mitigo sus arrebatos visionando en el portátil “Kafka, la verdad oculta”, genial obra de Steven Soderbergh con Jeremi Irons de protagonista. A la media hora el sueño me vence y sustituyo los auriculares por dos tapones de silicona con los que a punto estoy de reventarme los tímpanos en un intento inútil por anular los ronquidos del de arriba.
A las seis treinta de la mañana los aseos presentan el mismo aspecto del año pasado: un hilo de agua fluyendo del grifo y la misma ausencia de jabón en los dispensadores.
A pesar de todo cada año repito. Lo he convertido en un ritual, solo apto para freaks amantes de emociones fuertes y resistentes a pagar un dineral por un AVE que me veo obligado a tomar en esa estación denominada Tarragona Camp, ubicada en ninguna parte, en medio de la nada y prototipo de la ineptitud (o de intereses poco confesables) de las autoridades responsables de hacernos la vida más cómoda. Tal vez en el fondo lo mío no sea más que un acto de sutil contrición, una manera de redimir los pecados cometidos.
La luz del exterior es ahora taimada y triste. El día será gris, acompañado tal vez por claros espaciados por donde el sol encontrará un respiro.
El paisaje sigue siendo el contrapunto a un tren decadente y obsoleto, tan acorde al país que da miedo. De pronto todo se desvanece, la oscuridad total acapara el vagón, atravesamos un túnel a punto de alcanzar Chamartín. La avería eléctrica vuelve a manifestarse. Entramos en la estación con cuarenta minutos de retraso.

(Parte II: Con los “indignados” en la Puerta del Sol)